Principio y fin
En la segunda mitad del siglo XIX, Marx descubre (contra aquellos que considera “socialistas utópicos”) que las relaciones de producción son independientes de la voluntad de las partes. Así, el burgués no es “malo”, simplemente es “burgués”: El burgués, como propietario de los medios de producción, busca ampliar el capital a través de la plusvalía, arrebatando lo que el proletario pone en el producto de su trabajo, su ser (“el ser humano se va haciendo a sí mismo en el proceso de producción de su vida material”), incluso convirtiendo al proletario en mercancía en manos del burgués. Si no lo hace, dada la competencia con otros burgueses, está abocado a la ruina, esto es, a convertirse en proletario. Cuando el proletario piensa como burgués se da la “falsa conciencia” (o en palabras de Engels, “no se piensa lo mismo en un palacio que en una cabaña”). La tarea de la filosofía es, entonces, destruir esta conciencia invertida, desvelar ante los ojos del proletariado que la única salida es una revolución que acabe con el capitalismo como sistema productivo. Una teoría revolucionaria al servicio de una praxis revolucionaria… Cambiar el mundo, en lugar de justificar lo que hay… Y una vez suprimida la alienación económica, quedarán canceladas el resto de alienaciones, la religiosa entre ellas (la religión ya no tendrá sentido como “opio del pueblo”, no habrá ya criatura oprimida que grite y anhele “otra vida”, pues el ser humano por fin se habrá reencontrado a sí mismo en esta vida, la única que hay). Comienza entonces la verdadera historia de la humanidad… FIN.
Nota del traductor: El resto del texto se ha perdido.

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