jueves, 31 de mayo de 2012

Racionalización del yo


   El ser humano trata de hacer soportable lo insoportable; racionalizando, desviándose, proyectando su angustia en el otro, buscando un refugio que crea seguro… A finales del siglo XIX, Sigmund Freud desveló una serie de mecanismos que el ser humano, en su vida cotidiana, utiliza para no reconocerse como un ser miserable, impotente, ignorante de sentido, destructivo, culpable de no-ser. El punto de partida fue la “formación reactiva” en el “caso Schreber” (o la homofobia como un mecanismo de defensa ante el reconocimiento de la propia homosexualidad.) El yo que odia por no amar lo que no puede amar. El que ama la vida porque realmente le resulta insoportable, la expone a los demás, se exhibe como el ser feliz que no puede ser. Y después vendrían el “principio de nirvana” y la “pulsión de muerte”: la autodestrucción, el suicidio, las drogas… la gran estafa del rock’n’roll, las aventuras del gato Fritz, la filosofía de la a a la b y de la b a la a, la novia despechada de Ian Curtis, la matanza de Waco, las teorías sobre la muerte de Kurt Cobain, el asesinato de Houellebecq en su propia novela, los dos “Parises” de Brassai y Doisneau, la segunda parte de “El Desencanto” (después de tantos años que no son tantos…), el 15M y el fracaso del liberalismo, los malos viajes, “El Acto” revisitado, el fracaso de Facebook en bolsa, Kate Moss retratada como virgen sangrante por Fabio McNamara, el colapso de la civilización occidental y la última gran guerra…

   ...Y Freud mató al Padre y el Padre calló para siempre. Amén.



miércoles, 30 de mayo de 2012

Principio y fin


En la segunda mitad del siglo XIX, Marx descubre (contra aquellos que considera “socialistas utópicos”) que las relaciones de producción son independientes de la voluntad de las partes. Así, el burgués no es “malo”, simplemente es “burgués”: El burgués, como propietario de los medios de producción, busca ampliar el capital a través de la plusvalía, arrebatando lo que el proletario pone en el producto de su trabajo, su ser (“el ser humano se va haciendo a sí mismo en el proceso de producción de su vida material”), incluso convirtiendo al proletario en mercancía en manos del burgués. Si no lo hace, dada la competencia con otros burgueses, está abocado a la ruina, esto es, a convertirse en proletario. Cuando el proletario piensa como burgués se da la “falsa conciencia” (o en palabras de Engels, “no se piensa lo mismo en un palacio que en una cabaña”). La tarea de la filosofía es, entonces, destruir esta conciencia invertida, desvelar ante los ojos del proletariado que la única salida es una revolución que acabe con el capitalismo como sistema productivo. Una teoría revolucionaria al servicio de una praxis revolucionaria… Cambiar el mundo, en lugar de justificar lo que hay… Y una vez suprimida la alienación económica, quedarán canceladas el resto de alienaciones, la religiosa entre ellas (la religión ya no tendrá sentido como “opio del pueblo”, no habrá ya criatura oprimida que grite y anhele “otra vida”, pues el ser humano por fin se habrá reencontrado a sí mismo en esta vida, la única que hay). Comienza entonces la verdadera historia de la humanidad… FIN.

Nota del traductor: El resto del texto se ha perdido.





martes, 29 de mayo de 2012

Respuesta incompleta

   Desde el punto de vista teórico ya no caben grandes relatos ni explicaciones omnicomprensivas. Tras el fracaso y la impotencia reduccionista de los positivismos y de todos los historicismos, incluso del marxismo como doctrina… parece que ya no sirven sino micro-explicaciones puntuales sin fundamento ontológico definitivo. Las ciencias cubren algunos de esos agujeros, responden a preguntas puntuales, pero no proporcionan ya el fundamento que los mitos daban a las culturas que sobre-vivían instaladas en ellos.

   Desde el punto de vista práctico, el hedonismo fue un buen lugar donde situarse mientras se pudo gozar con plenitud. Una función análoga cumplió el budismo en su versión “más suave”, pero tanto uno como otro, budismo y hedonismo, han fracasado. No sirven. Somos cuerpo, cuerpo que se plantea su sentido, pero materia física sometida al devenir, procesos en constante transformación. Cuerpo que se deteriora hasta llegar a su fin. Gocemos de él... “¡mientras podamos!”. ¿Y qué queda? Quedan quimeras, ilusiones causadas por neurotransmisores, conexiones o redes neuronales (a partir de ellas “nos comemos la polla” y a algunos “se nos va la pinza” más allá que a otros). ¿Bueno o malo?, ¿peor o mejor?... ¡preguntas absurdas! Lo que es sin más no es susceptible de valoración, como cuando nos preguntamos: ¿qué hubiera ocurrido si...? Esto fue lo que Spinoza vio con claridad, mientras pulía lentes para que su amigo Huygens pudiera formular su teoría ondulatoria de la luz. ¿Onda o corpúsculo? La estupidez humana se hace esas preguntas, inconsciente de ser como la piedra que cae y se cree libre porque “quiere” caer. ¡Aceptémoslo, sin más! ¡Fracasamos!

   Fracasado todo intento de justificación teórica (científica, filosófica, religiosa), sólo queda sobre-vivir (como en el mito) y aprovechar cada momento como “momento que queda”. ¿Cómo? ¿Qué hacer? Cada uno ha de buscar lo que quiera buscar, pero sin tratar de contar lo que haya creído encontrar, porque no hay nada común que encontrar, no hay “sentidos”: Nada puede aspirar ya a ser “universal”, “real”, “verdadero”, “criterio”. Agresión es la arrogancia del que cree fundamentar algo, y mucho más si lo que “fundamenta” es un estilo de vida, unos principios éticos o una forma de “ser”. Contra éste sólo cabe la fuerza de una razón crítica capaz de demoler su endeble edificio de cartón-piedra. Si en eso consiste “ser sádico” y si uno lo es, entonces debe serlo hasta el final. Y tras la tempestad vendrá otra tempestad, pues no hay rumbo ni faros que nos guíen. ¡Temed mi palabra!


lunes, 28 de mayo de 2012

Persuasión (Nace la sabiduría en quien no la quisiera)


    A través de la historia, el ser humano se ha esforzado en construir todo un edificio retórico de saberes, instituciones, creencias, ideologías, convenciones sociales, códigos legales y morales, incluso éticos, para tratar de esconder en ellos su incapacidad de “ser él mismo”, su eterna contradicción de esperar lo que no llega, o de no esperar lo que llegará aunque no quiera. Toda esta retórica, el mismo lenguaje y también el pensamiento, sólo persiguen alejar la idea de la muerte; pretenden encontrar el fármaco que nos aleja del miedo a la muerte, pero la misma retórica es pensamiento de muerte que presupone lo que quiere cancelar.

    Carlo Michelstaedter, contrapuso la “persuasión” como única vía de escape a este absurdo. Fracasó en el momento de expresar su significado con palabras, pues el lenguaje, en cuanto humano, ya es retórica absurda. Acabó de redactar su tesis doctoral, la envió por correo a la Universidad de Florencia y… acabó con su vida, poco después de escribir “no estoy hecho para estas playas”. No obstante, sus palabras sobre la “persuasión” desprenden cierto optimismo…